Buscando enderezar algún camino que me acercara a una vieja idea de novela, intenté escribir varias cosas, al cabo de las cuales pude ver que me encontraba más lejos de la idea original.
Aún así, como sucede con el texto que sigue bajo la forma de un presunto monólogo, hay angustias allí presentes, interrogantes que no me cierran y que quizá sea saludable -o al menos terapéutico- compartir. Podemos conversar al respecto.
Gustavo De Vera.
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Aún no termino mi búsqueda, pero hay algo que ya empieza a quedar claro en este sitio. Hay algo contagioso en esta zona: todos quieren escribir sobre la Patagonia, con la Patagonia. Desde ella. En ella.
Cuentan que en el comienzo de los tiempos Chachao tomó el barro de la tierra recién creada y amasó la figura de los hombres y los animales. Estuvo horas amasando barro y creando centenares de figuras de animales de las más diversas formas. Y también personas. Las hizo varón y las hizo mujer.
En un momento, Chachao se apartó de su trabajo dejando que las figuras se secaran con el sol. Fue cuando Gualicho, su hermano menor, aprovechando que su hermano no se encontraba en el lugar, decidió jugarle una broma: se acercó a las figuras y soplando sobre ellas les dio el aliento de la vida. Y a las personas, además, el don de la palabra.
Cuando Chacao regresó a sus figuras y vio que estas habían cobrado vida escapándose por todos los rincones de la tierra, se enfureció. Pero más aún cuando al buscarlos sólo encontró a un hombre y una mujer que se hablaban entre sí.
No tuvo duda alguna de que su hermano Gualicho había hecho una de sus pesadas bromas arruinando su trabajo.
Crispado en su enojo Chachao maldijo a Gualicho y lo condenó a exterminar a todos los hombres y todas las mujeres que había creado, o por o menos, quitarles el don de la palabra.
Desde entonces anda Gualicho errando por las montañas, los valles y las mesetas, soplando y resoplando con su aliento helado, para quitar a los hombres su palabra; un don reservado a los dioses.
Quizá sea que esta maldición del Gualicho nos alcanza a todos por igual. Que nos hunde irremediable en un espejismo pobretón donde cada uno cree haber hallado una verdad revelada; una versión de la historia que pueda justificarnos aquí, donde cómo carajo vinimos a parar; un juicio sobre los hechos consumados en todos los tiempos.
Entonces esa fuerza inexplicable nos empuja a escribir, y escribir y llenar páginas, libros, bibliotecas enteras con nuestra miserable versión de la historia.
Transcurrimos entrampados entre dos grandes relatos que nunca podremos escribir por nosotros mismos: De dónde venimos, y a dónde vamos. Dos relatos de los que siempre tendremos versiones de segunda mano. Nadie recuerda el momento de su alumbramiento. Nadie estará allí para narrar su propia muerte.
Entonces, sólo nos queda el consuelo de relatar el transcurso, el mientras tanto. Observo los libros que se amontonan en mi mesa, en la habitación, por el piso. Allí pareciera estar todo escrito. Todo explicado.
Mi sensación es otra.
Es como si todos quisieran indicarme el mejor modo de viajar entre Trelew y Esquel. Todos señalando con insistencia, casi con desesperación, el curso de las rutas 25 y 62, su árida travesía por la cintura patagónica.
Los unos, señalando las virtudes del asfalto; los otros, advirtiendo sus baches.
Pero nadie menciona los márgenes.
Como en el relato de la historia, el trazado de las rutas fue descartando a cada lado la inmensidad del paisaje. Los pasos escabrosos, la meseta estrafalaria, algún poblado incomprensible.
Al fin, la narración de la historia se vuelve una ruta, un dibujo que responde a la ignorancia urgente de quien va a transitarla.
A sus márgenes, la inmensidad, la desmesura de la verdad, permanece invisible.
Así, acabamos todos escribiendo las mismas cosas, y al fin, resulta como si el mismo endemoniado Gualicho nos dictara esas palabras que nos enfrentan, que nos dividen, que nos exterminan. Nos vuelven elementales figuras de barro en las manos de un dios caprichoso. O alocados conductores, a la deriva sobre un asfalto estrecho y de doble mano. Y que a veces, chocan contra sí mismos.
Escribir se ha vuelto aquí una forma levantar los mismos muros que habrán de aplastarnos bajo su peso, hasta hacernos desaparecer.
Leer se ha vuelto aquí una forma de la fe en esos escritos monumentales, una fe que luego se pierde bajo el peso innumerable de verdades imposibles, y se termina por no creer en nada, que es también un modo de desaparecer.
Desaparecidos que somos, deambulamos sobre los pasos de otros, siempre hacia el Oeste, no sé por qué. Acaso el único registro cierto: las huellas de los expulsados que nos preceden en todo tiempo y lugar. Acaso la única certeza: expulsados, desaparecidos, ya no tenemos a dónde volver.
Si como dice el mito, el don de la palabra nos condena, entonces será la virtud de la Pregunta la que habrá de mantenernos vivos.
- Set/2009